Adentrándome en el socavón del adiós,
entre murmullos y sollozos,
donde las lágrimas intentan lavar los pecados.
Pero no los de aquel que se cree juzgado,
sino los del verdadero culpable:
uno que aún respira
después de robarle la vida
a quien fue feliz con su amor.
Ecos de este Latido