Descubro en mi reflejo
una venda.
En mi boca,
unas costuras.
Siento pesado mi tobillo,
y ahora escucho
grilletes.
Entonces recuerdo
tus palabras.
Me abrigo
con el recuerdo de tus ojos
y sonrío .
Corro hasta mi nochero
y abrazo
el antídoto que me diste,
acariciando su lomo
y leyendo con ternura:
«Sálvate.»
Ecos de este Latido