Vi dos jardines crecer.
Eran hermosos, como quizás lo han de ser los campos del paraíso.
Uno adornado por dulces frutos, pasto joven y flores de verano.
El otro con algo de otoño en sus hojas, troncos más gruesos y muchos animales hallaban sombra en él.
El primero era mi hogar.
Me daba brisa, mis pies hallaban descanso en su pasto fresco, mi sed era saciada por su manantial.
Los trinos eran dedicados a mi nombre y el olor de sus flores fue mi perfume.
Había ayudado con algunas después de haber pisado tantas por error.
Aun así, me aceptó, dejándome disfrutar de su belleza durante casi doce primaveras.
El segundo me había sido ajeno hasta que uno de sus olivos llegó rodando a mi jardín.
Era tan dulce que invitaba a más.
Crucé incógnito entre arena y rocas.
Salté la berma que impedía el paso de los intrusos.
Encontré en medio un árbol lleno de aros que marcaban sus muchos inviernos.
Los animales hallaban respuestas bajo su sombra, y yo encontré algunas que necesitaba.
Mi jardín fue más hermoso desde entonces.
Ecos de este Latido