Me levanté casi para almorzar.
El silencio del apartamento es mi fiel amigo,
aunque la calma me seca los huesos.
Veo en el espejo cómo el calendario
sigue su maratón.
Me dirijo a la cocina por el néctar
de adulto que espera ser calentado.
Pero, en el camino,
veo algo pequeño.
Me acerco y sonrío al ver esa plastilina
multicolor sin forma que mi nieta
insiste en llamar un dinosaurio feroz.
Ecos de este Latido