Vi una semilla germinar
en tierras ajenas.
Endureció su tallo.
Sus hojas se hicieron hermosas,
y mi rocío
le ayudó a sobrepasar
samanes y eucaliptos.
Su fruto
fue tan deseado por muchos,
pero alcanzado por pocos.
Ya no necesitó mi sombra,
aunque siguió siendo
parte de mis raíces.
No tuve más que detener el viento,
porque sus ramas
crearon vendavales.
Ya con los años,
sin hojas
y con las ramas llenas de invierno,
fuerte en savia,
pero débil en tronco,
descubrí
que aquella pequeña semilla
ha hecho del desierto un bosque
y llevará mi legado
por muchas primaveras más.
Ecos de este Latido