Siempre, buenos días.
Un abrazo
y un apretón de mejillas.
Desayunábamos juntos.
Eras el héroe sin capa,
la respuesta para todo.
Aún…
buenos días.
Hoy mi barba extraña tu mejilla.
El dinero reemplazó
el chocolate de mamá.
Y ya soy
más permisos
que sabiduría.
—Chao…
Vuelvo a las diez.
El insomnio se extiende
hasta el siguiente día.
La casa vive
con el tintinear de las llaves
en mi mano.
Ahora ya no sé nada.
Soy ajeno
al «nuevo mundo».
Y ese chico…
es «el mejor».
Las buenas noches
se convirtieron
en portazos.
Hoy mi barba
reconoció tus mejillas.
Y se hizo un bosque húmedo
con tus sentimientos.
Perdóname.
No digo nada.
Solo aprieto fuerte.
Y vuelvo a sentir
tus brazos pequeños
diciéndome…
—Buenos días.
Ecos de este Latido