Izquierda, amarillos; derecha, azules.
Un río rojo los divide por siempre.
Sediento de más, crece su caudal,
y enfrente de los ojos iletrados
se convierte en oro que nunca toca las mesas de Canelón,
los caminos reales
ni el vacío que ruge del vientre
de los futuros salvadores de la patria.
Quien gana cada batalla cuenta la historia,
mientras los gritos hacen eco a la verdad.
Madres que entierran solo botas.
Nietos crecen sin realidad,
sembrando semillas que no dan semilla
y diezmando lo mejor para pagar la deuda.
Una que no acaba,
una con la que naces
y cuyo interés sube en cada respiro,
en el aire que ya no te pertenece.
Soy hijo de veinte tarjetas marcadas mal,
tiznados mis pulmones de carbón,
rechazado por buscar el idioma que no enseña el televisor
y por esconder mis oídos a la radio que encadena.
Soy el bufón que habla de paz
y el loco que ve el agua como diamante.
No me rindo, al menos para mí,
porque puedo contar la historia
y salvar a uno
que puede llegar a ser libre.
Ecos de este Latido