Mis dedos al viento
tocan aquellos pétalos
que, en ese lejano jardín,
pocas aves son
dignas de acercarse.
Pero ninguna logra posarse.
La flor se cierra
con cada aleteo.
Esconde su centro al sol,
gira en contra de la lluvia
y solo recibe del cielo
el rocío matinal
suficiente para vivir.
Muchas de sus hermanas
han sido cortadas,
otras se han marchitado
y muchas
ni siquiera abrieron.
Pero ella fue más roja.
Ella fue más suave.
Y solo ella
dejó su aroma
en mis dedos.
Ecos de este Latido